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01 October 2026

5 min

El suelo seco calienta más del doble de lo que enfría cuando recupera el agua

Un estudio internacional con participación del CSIC y el CREAF, publicado en 'Nature Communications', constata que las secuelas de la sequía persisten un año después y que las lluvias posteriores no consiguen compensarlas

Cambio Climático
Tierra agrietada por sequía con moto de dos personas al fondo.

Las secuelas de una sequía pueden prolongarse hasta un año después de que haya terminado, y las lluvias que llegan más tarde no bastan para compensarlas. Así lo concluye un estudio de alcance mundial publicado en la revista Nature Communications, en el que participan el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF). Según el trabajo, cuando el suelo sigue perdiendo humedad en el año posterior a una sequía, la temperatura sube más de lo que baja cuando ese mismo suelo recupera una cantidad equivalente de agua.

Los investigadores lo cuantifican así: cuando el suelo pierde una determinada cantidad de agua, la temperatura aumenta 0,13 °C, y cuando recupera esa misma cantidad, solo desciende 0,06 °C. El efecto del secado supera en más del doble al del humedecimiento. A escala planetaria, esa diferencia empuja hacia un calentamiento adicional.

El estudio, titulado Asymmetric temperature responses to soil moisture drought legacies under anthropogenic forcing, lo firma un equipo internacional encabezado por Jun Li, en el que participa Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF. En la nota difundida por ambas instituciones, Peñuelas resume el trabajo diciendo que en él se observan "las cicatrices que deja la sequía un año después de que haya pasado".

Plantas que tardan en recuperarse

La explicación está, en buena medida, en la vegetación. Las plantas no se recuperan al mismo ritmo que el agua del suelo. Tras una sequía pueden arrastrar daños en sus tejidos, y su capacidad de transpirar y absorber CO₂ tarda en reactivarse. Con menos transpiración, la vegetación enfría menos su entorno. Con menos absorción de carbono, queda más CO₂ en la atmósfera. Los dos procesos, según los autores, amplifican el calentamiento.

El propio suelo también tarda en recuperarse. Peñuelas señala que la sequía puede haber agotado las reservas de agua de las capas más profundas, que necesitan tiempo y lluvias continuadas para recargarse. Un episodio de precipitaciones intensas, por tanto, no devuelve el sistema a su punto de partida.

Hay un matiz importante en el artículo científico: esta asimetría solo aparece cuando los modelos incluyen el forzamiento de los gases de efecto invernadero de origen humano. En ese escenario, la vegetación se resiente más tras perder humedad de lo que se beneficia cuando la recupera. Los autores concluyen que los extremos climáticos del pasado pueden acelerar el calentamiento futuro, porque merman la capacidad de las plantas para regular la temperatura y el ciclo del carbono.

 

Imagen de un libro con un fondo de un bosque y un enlace de descarga.

 

Más del 60 % de la superficie terrestre

El efecto se ha observado en más del 60 % de la superficie terrestre. Las zonas más afectadas son Norteamérica, el este de China, el África subsahariana y el oeste de la Amazonia.

La Amazonia es uno de los casos más preocupantes. "La Amazonia actúa como el aire acondicionado de todo el planeta gracias a la ingente cantidad de agua que transpira a la atmósfera", explica Peñuelas. Cuando una sequía extrema reduce la humedad en el oeste de la cuenca, los árboles transpiran menos, y la selva "no solo deja de enfriar el mundo, sino que frena su función vital como gran sumidero de carbono, acercando el ecosistema a puntos críticos de no retorno", añade el investigador.

Cuatro décadas de datos y 17 modelos

Para llegar a estas conclusiones, el equipo analizó datos climáticos y de humedad del suelo entre 1980 y 2024. Los combinó con 17 modelos del sistema terrestre (ESM, por sus siglas en inglés) del proyecto internacional de intercomparación CMIP6, que simulan las interacciones entre la atmósfera, el suelo, la vegetación y otros componentes del clima. El objetivo era aislar el efecto de la sequía un año después sobre la temperatura, la vegetación, la transpiración y la absorción de carbono.

De ahí se deriva una recomendación para la modelización climática. Según Peñuelas, los modelos deberían tener en cuenta que los efectos de una sequía pueden prolongarse durante los meses posteriores y afectar a la capacidad de los ecosistemas para regular la temperatura y absorber CO₂.

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El agua que no se ve

Aunque el estudio tiene escala global, sus conclusiones afectan de lleno a países como España, con grandes superficies semiáridas donde la humedad del suelo condiciona la fertilidad, la estructura del terreno y la actividad de los microorganismos. La falta prolongada de agua provoca estrés hídrico en los cultivos, con menos crecimiento y producción. A largo plazo favorece además la compactación y la pérdida de materia orgánica, lo que reduce todavía más la capacidad del suelo para retener agua.

El trabajo del CSIC y el CREAF añade una dimensión temporal a ese diagnóstico: el final de la sequía meteorológica no significa que el suelo y la vegetación se hayan recuperado. Por eso cobran importancia las prácticas que ayudan a conservar la humedad edáfica, como el acolchado, la rotación de cultivos, las enmiendas orgánicas o el riego de precisión apoyado en sensores. Ese es también el enfoque de la agricultura regenerativa que se ensaya en los Centros de Experiencias Cajamar, donde la eficiencia en el uso del agua es una línea prioritaria. Plataforma Tierra ofrece además una herramienta gratuita de riego para ajustar las necesidades hídricas de cada explotación.

Fuentes