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23 June 2026

15 min

Bioplásticos y biomateriales a partir de subproductos agroalimentarios: tres rutas hacia la economía circular

Cómo los residuos de naranja, patata y brócoli pueden reemplazar al plástico de origen fósil

Biotecnología
Economía Circular y Bioeconomía
La imagen representa la transformación de desechos orgánicos en productos útiles mediante un proceso industrial.

El reto de partida: un material que no desaparece

El plástico convencional es barato, ligero y versátil, y precisamente por eso se ha vuelto omnipresente. Su gran defecto es la otra cara de su gran virtud: persiste. No desaparece, sino que se acumula en vertederos, ecosistemas y organismos vivos.

En la Unión Europea se producen cada año más de 55 millones de toneladas de plástico, de las que se generan unos 16 millones de toneladas de residuo. Sin embargo, solo se logran reciclar alrededor de 6 millones de toneladas, es decir, en torno a una de cada nueve toneladas que acaban siendo residuo. El reciclaje, lejos de ser la solución total que a veces se presenta, choca con varios límites estructurales.

 

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Figura 1. El plástico convencional en la UE y las barreras que impiden reciclarlo.

 

Los frenos al reciclaje son tanto técnicos como económicos. Muchos plásticos son incompatibles entre sí y no pueden procesarse juntos; los restos de alimentos, etiquetas y aditivos contaminan el material; cada ciclo de reciclado degrada la calidad del polímero; los envases multicapa son casi imposibles de separar; y por encima de todo, fabricar plástico virgen sigue resultando, en la mayoría de los casos, más barato que reciclar el usado. Mientras esa ecuación económica no cambie, el reciclaje seguirá siendo una pieza necesaria pero insuficiente.

Qué es exactamente un bioplástico

Antes de entrar en cada tecnología conviene aclarar un término que se usa con mucha ligereza. Un material puede llamarse bioplástico si cumple al menos una de estas dos condiciones: ser biobasado, es decir, proceder de fuentes renovables y no fósiles o ser biodegradable, poder descomponerse en entornos como el suelo, el agua o el compost. Son condiciones independientes: existen plásticos de origen renovable que no se degradan y plásticos de origen fósil que sí lo hacen.

 

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Figura 2. Las dos condiciones que definen un bioplástico y sus cuatro escenarios. El cuadrante biobasado y biodegradable (PHA/PHBV) es el más ambicioso.

 

La combinación de materiales biobasados y biodegradables resuelve el problema del plástico desde su origen hasta su desaparición: al nacer de fuentes vegetales renovables, reducen la dependencia del petróleo y la huella de carbono, mientras que, al morir, se descomponen de forma segura gracias a la acción de microorganismos, transformándose en agua y nutrientes sin generar microplásticos ni residuos tóxicos. En esa categoría destacan los PHA (polihidroxialcanoatos), una familia de polímeros que los microorganismos acumulan de forma natural como reserva de energía cuando se les somete a estrés.

Plásticos a medida fabricados por microorganismos

La primera ponencia corrió a cargo de María Nicolás Liza, responsable de biotecnología en CETEC, el Centro Tecnológico del Calzado y del Plástico de la Región de Murcia, una organización sin ánimo de lucro orientada a mejorar la competitividad empresarial a través de la sostenibilidad. En 2020 el centro creó la spin-off CTEC Biotechnology para explotar los resultados de su área biotecnológica, y hoy dispone de una infraestructura que permite escalar procesos desde el laboratorio hasta la fase industrial.

El polímero estrella: PHBV

El PHB (polihidroxibutirato) convencional es el más sencillo de la familia, es rígido y frágil debido a su alta cristalinidad, lo que limita mucho sus aplicaciones prácticas. El PHBV (poli-β-hidroxibutirato-co-β-hidroxivalerato), en cambio, es un copolímero que incorpora unidades de hidroxivalerato, y esa modificación química le otorga propiedades muy superiores: mayor flexibilidad y menor fragilidad, mejores propiedades térmicas y mecánicas, biocompatibilidad y, sobre todo, compatibilidad con las tecnologías convencionales de transformación del plástico, como la extrusión o la inyección. En otras palabras, puede procesarse con la maquinaria que la industria del plástico ya tiene instalada, sin necesidad de reinventar las fábricas. Todo el diseño del material responde a una filosofía clara: ser "útil pero no permanente".

La economía circular del residuo agroalimentario

En el modelo de economía circular la fuente de nutrientes son los residuos de la industria agroalimentaria. En la UE se generan más de 59 millones de toneladas de estos residuos al año (unos 132 kg por persona) que conservan altos contenidos de carbono, nitrógeno y fósforo, es decir, justo los elementos que un microorganismo necesita para crecer y producir polímero.

El problema es que esos residuos son heterogéneos y estacionales, de modo que no pueden fermentarse directamente. Hace falta convertirlos antes en un sustrato estable mediante tres pasos: una caracterización química para saber qué contiene cada residuo, un acondicionamiento por filtración o centrifugación, y una hidrólisis química o enzimática que libere los nutrientes en una forma asimilable por los microorganismos.

Del residuo al recurso: la ciencia que convierte subproductos agroalimentarios en bioactivos de alto valor

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La innovación: fermentación alófila

La metodología de CETEC es el uso de una arquea alófila, Haloferax mediterranei (microorganismo unicelular procariota), capaz de crecer en ambientes de alta salinidad. Esa característica, que podría parecer un mero detalle de laboratorio, tiene consecuencias económicas de primer orden y constituye la verdadera ventaja competitiva del proceso.

La salinidad elevada impide que otros microorganismos prosperen, lo que previene las contaminaciones del cultivo y reduce el consumo energético en la esterilización. Al minimizar el riesgo de contaminación, el proceso puede llevarse a cabo en condiciones mucho más sencillas y económicas que una fermentación convencional, lo que rebaja drásticamente la inversión necesaria. A ello se suma una notable versatilidad metabólica: la arquea es capaz de valorizar distintos residuos agroalimentarios, lo que aporta flexibilidad para elegir la materia prima según el territorio y la época del año.

Del residuo al pellet

El proceso completo encadena seis etapas. Tras preparar el residuo, la fermentación se desarrolla en dos fases bien diferenciadas: primero se favorece el crecimiento celular con una fuente de carbono suficiente para generar biomasa activa; después se somete al microorganismo a un exceso de carbono y a la limitación de nutrientes, especialmente nitrógeno, lo que lo fuerza a acumular el polímero en su interior. Concluida la fermentación, llega la purificación: separación de la biomasa por filtración, secado y extracción del polímero con disolventes verdes. Finalmente, el PHBV se precipita, se caracteriza (pureza y peso molecular) y se somete a un proceso de compounding para obtener pellets listos para la industria.

 

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Figura 3. De residuo agroalimentario a pellet industrial, con la fermentación en dos fases como núcleo del proceso.

 

Aplicaciones y retos

El PHBV ya se prueba en varios sectores a través de proyectos europeos. En envases alimentarios se desarrollan films, bandejas y mallas de fruta (proyecto BIS); en agricultura, acolchados, clips y tutores biodegradables que no requieren retirada del campo, porque se degradan en el propio suelo (proyecto Fantastic); en biomedicina, apósitos y matrices biodegradables (proyecto ANDIF); y en cosmética, envases y objetos de consumo de vida útil limitada.

La industrialización masiva todavía tropieza con varios obstáculos: la variabilidad y estacionalidad de los residuos, que dificultan garantizar un producto de calidad constante; el coste de la purificación, que sigue siendo una de las etapas más caras del proceso; la necesidad de validar los productos en condiciones reales de mercado, y no solo en el laboratorio; y de fondo, la falta de un marco legislativo que incentive de verdad la sustitución de los plásticos fósiles. La biotecnología demuestra que es posible fabricar plásticos competitivos y con un fin de vida controlado, siempre que se logre escalar la tecnología y se cuente con el apoyo administrativo necesario.

Convertir fibras y subproductos en materiales técnicos

La segunda ponencia la impartió Carolina Peñalva, doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y responsable de la línea de productos y soluciones sostenibles de la Fundación AITIIP, en Zaragoza. AITIIP nació en 1995 como spin-off universitaria centrada en la inyección para automoción y ha evolucionado hasta convertirse en un referente de la bioeconomía.

Es necesario tener un enfoque integral, no es una sola tecnología, es necesario acompañar a un biomaterial desde la formulación inicial hasta su validación a escala semi-industrial, el eslabón que más se echa en falta cuando una buena idea de laboratorio tiene que demostrar su viabilidad comercial

Combinar el desarrollo de nuevas formulaciones de base biológica, la digitalización de los procesos y el dominio de las principales técnicas de transformación del plástico, además del reciclado químico y enzimático.

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Fibras, aditivos y refuerzos

Los subproductos se clasifican en tres funciones: matrices poliméricas, aditivos y refuerzos técnicos. Los proyectos de Aitiip se clasifican según el subproducto empleado y el producto resultante.

 

ProyectoSubproductoProducto Resultante
Life Biotop / Life PackuaFibra de lúpulo y plataneraCuerdas y bolsas biodegradables
Life Citrus PackPulpa y cáscara de cítricosEnvases de cosmética compostables
SistersBrócoli, coliflor, espinacaFilms de envase activo (antioxidantes)
BárbaraPigmentos naturalesFilamentos 3D (fascia de un Fiat)
Unlock / Fish For FishPlumas de ave y crustáceosBandejas de semillas y acolchados
Brilliant (piloto español)Almidón del agua de lavado de patataAlmidón termoplástico (TPS)

 

Las fibras vegetales son el primer gran filón. Los restos de biomasa de lúpulo y platanera que suelen quedar en el suelo tras la cosecha se formulan con matrices biobasadas y se transforman en cuerdas biodegradables para el propio cultivo o en bolsas que, si se abandonan por error, se degradan sin contaminar. La pulpa y la cáscara de naranja (el 50 % del fruto tras extraer el zumo) se utiliza para fabricar botellas y tarros de cosmética compostables que se pueden desechar en el contenedor de orgánica.

Envases activos y pigmentos

Más allá de la estructura, los subproductos pueden aportar funciones. Los residuos ricos en antioxidantes (brócoli, coliflor, espinaca) que mezclados con polímeros compostables como PLA (Ácido Poliláctico) que es un bioplástico y polímero termoplástico que se obtiene a partir de recursos renovables orgánicos, como el almidón de maíz, la yuca o la caña de azúcar y PBAT (Tereftalato de Adipato de Polibutileno) es un bioplástico sintético totalmente biodegradable, conocido por su alta flexibilidad y resistencia, dan lugar a films de envase activo capaces de prolongar la vida útil del alimento. Los pigmentos naturales se extraen mediante química verde para fabricar filamentos de impresión 3D; su caso más llamativo es la fabricación de un parachoques para vehículos, prueba de que un subproducto agrícola puede cumplir requisitos estéticos y técnicos en un sector tan exigente como la automoción. Valorizar la queratina de las plumas de ave y el quitosano de los crustáceos para fabricar bandejas de semillas y acolchados.

El caso del almidón de patata

La idea es recuperar el almidón que arrastra el agua de lavado y pelado de las patatas, se procesa para obtener almidón termoplástico (TPS), sustituyendo importaciones de almidón procedentes de otros continentes. Con ese material se fabrican films retráctiles y un acolchado agrícola diseñado con un color y una forma específicos para repeler el pulgón: un buen ejemplo de cómo un residuo puede convertirse en un producto con valor añadido y función agronómica.

La tecnología para sustituir el plástico fósil ya existe y funciona a escala piloto. El reto no es técnico, sino de financiación, optimización logística y apoyo legislativo

Cuando la fibra vegetal se basta a sí misma

La tercera ruta la presentó Carmelo Heras, CEO de Feltwood, con un planteamiento radicalmente distinto al de los biopolímeros. Su motivación no es solo ambiental sino de salud pública: alertó sobre los microplásticos, partículas ya detectadas en prácticamente todo el ecosistema, incluido el cerebro humano y la inmensa mayoría del agua potable, también la embotellada.

Un material sin química

La diferencia esencial de Feltwood es que no aísla polímeros ni somete la materia prima a una transformación química profunda: mantiene la esencia de las fibras vegetales. El proceso, patentado en Europa, Estados Unidos, China y Singapur, no emplea químicos, adhesivos ni plásticos añadidos, es 100 % vegetal. El resultado es un material híbrido que combina la rigidez y la capacidad de termoformado del plástico, la composición y apariencia del cartón y la resistencia mecánica de la madera. Cuenta además con la certificación Home Compost, la categoría más alta de compostaje: es sensible a la humedad y se integra por completo en el medio si se deposita en sistemas de compostaje doméstico.

Productos obtenidos de la naranja (cáscara y restos tras extraer el zumo, el 50 % del fruto), la remolacha azucarera (la fibra que queda tras extraer el azúcar, el 50 % del bulbo) y el brócoli, donde el 50 % de la planta que no se comercializa: tallos y hojas, que se transforman en bandejas para envasar el propio producto.

De la decoración a la industria

Como startup, Feltwood ha crecido por fases para demostrar la viabilidad de su tecnología. Empezó por la decoración, un mercado inquieto, de menor volumen, pero dispuesto a pagar más por la innovación, con lámparas y centros de mesa de diseño orgánico. También se pueden desarrollar urnas funerarias 100 % compostables para cenizas de personas o mascotas, pensada para enterrarse o lanzarse al mar, donde la humedad deshace el material. En automoción se trabaja con fabricantes de componentes para sustituir piezas interiores de las puertas, aportando más rigidez que el cartón. Y en alimentación, se trabaja en un tapón reutilizable para botellas de yogur que reduzca el uso de plástico grueso en envases lácteos.

Tres caminos, un mismo objetivo

Las tres ponencias dibujan un mapa muy completo de las alternativas al plástico fósil. Conviene verlas juntas, porque no compiten entre sí: atienden necesidades, prestaciones y sectores distintos.

 

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Figura 4. Las tres rutas tecnológicas, según su base, producto, clave diferencial y aplicaciones.

 

La vía biotecnológica: fabrica un polímero a la carta a partir de microorganismos, con la ventaja de ser biobasado y biodegradable a la vez y procesable con la maquinaria existente. Los materiales compuestos: aprovecha fibras, aditivos y refuerzos para crear soluciones técnicas a medida de cada sector, con una capacidad de escalado difícil de igualar. La fibra íntegra: renuncia a la química para obtener un material noble, compostable en casa, que ocupa el espacio entre el cartón y el plástico.

Cuellos de botella reales

Biodegradable no es lo mismo que compostable

 Uno de los matices que más confusión genera, es la diferencia entre biodegradable y compostable. Un material biodegradable se descompone en el medio natural; un material compostable requiere condiciones industriales específicas de temperatura y humedad para hacerlo. La distinción no es académica: un compostable que acaba en el mar no se degradará correctamente, y para entornos marinos se necesitan certificaciones de biodegradabilidad marina propias. Confundir los entornos de fin de vida es uno de los errores más habituales.

A esa confusión se suma un cuello de botella operativo: muchas plantas de tratamiento de residuos orgánicos han dejado de admitir plásticos compostables, aunque estén certificados. El resultado es una desconexión entre lo que la tecnología permite y lo que el sistema de gestión de residuos acepta, que rompe el cierre del ciclo de la economía circular.

Seguridad alimentaria y microplásticos

En materiales hay dos retos concretos que son la transferencia de olores (de residuos como la naranja o el brócoli) y la migración de componentes al alimento. Se están investigando recubrimientos ecológicos que actúen de barrera contra la humedad y los olores sin caer en el greenwashing de añadir pequeñas proporciones de plástico convencional. Estos materiales resisten bien el calor del microondas (hasta unos 90 ºC) pero son sensibles a la humedad de un lavavajillas. En cuanto a los microplásticos, los bioplásticos ayudan a reducir el problema, siempre que no se olvide que un material solo se degrada bien en el entorno para el que ha sido certificado.

Cinco factores para que un residuo sea valorizable

Los factores críticos para que un material sea valorizable son cinco y determinan si un subproducto puede valorizarse de forma rentable. Es, en realidad, una guía de viabilidad para cualquier proyecto de bioeconomía.

 

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Figura 5. Los cinco factores que, determinan si un subproducto agroalimentario puede convertirse en materia prima industrial viable.

 

Financiación, precio y legislación: el valle de la muerte

La tecnología está madura a escala piloto, pero el salto al mercado masivo tropieza con tres barreras que, juntas, forman el clásico valle de la muerte de la innovación.

 

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Figura 6. El salto del piloto al mercado: la financiación, el precio y la legislación son las tres barreras que conforman el "valle de la muerte" de los biomateriales

 

La primera es la financiación: construir una planta industrial competitiva exige inversiones de entre 10 y 12 millones de euros, imprescindibles para alcanzar la economía de escala. La segunda es el precio: el plástico fósil opera desde hace décadas a escala global y resulta muy difícil de igualar; el consumidor solo acepta un ligero sobrecoste por lo ecológico, así que el biomaterial tiene que acercarse a su coste. La tercera es la legislación: hace falta un marco que incentive activamente la sustitución de materiales fósiles y que actualice las normas y las plantas de tratamiento para que admitan los compostables certificados.

Conclusiones: la tecnología ya existe

La conclusión transversal de la jornada es esperanzadora y exigente a la vez. La tecnología para sustituir buena parte del plástico fósil ya existe y funciona: hay microorganismos que fabrican polímeros a medida, fibras agrícolas que se convierten en piezas de automoción y materiales 100 % vegetales que sustituyen al cartón y al plástico. Lo que falta no es ciencia, sino las condiciones para que esa ciencia llegue al mercado: capital paciente para el escalado, una logística que evite transportar agua y residuos heterogéneos, y un marco normativo coherente que premie lo que ya se sabe hacer.

El papel del sector primario y de los ecosistemas de innovación como el de la Fundación Grupo Cajamar es, precisamente, conectar los dos extremos de esa cadena: el campo que genera el residuo y la industria que lo necesita convertido en materia prima. Cuando esa conexión funcione a gran escala, el residuo dejará de ser un problema para convertirse, de forma definitiva, en un recurso.