10 August 2026
6 min
Dos millones de toneladas que empiezan por una trituradora
El compostaje en finca no es un gesto ambiental: es el primer eslabón de una cadena de valorización

Cada campaña, los invernaderos de Almería retiran del suelo cerca de 1,95 millones de toneladas de restos vegetales frescos, y no de forma repartida: el 63,5 % se concentra entre mayo y junio, al cierre de los ciclos de primavera y de ciclo largo, y otro 36,5 % entre enero y febrero. Son picos de material con más del 80 % de humedad que hay que mover y tratar en semanas, en la provincia que reúne 33.877 hectáreas de invernadero y produce el 60 % de las frutas y hortalizas intensivas de España. Ese calendario es el planteamiento del problema. Y también el de la oportunidad.
De la trituradora a la pila: qué se controla y por qué
La pregunta que se hace cualquier agricultor a final de ciclo es simple: ¿qué haces con los restos de tu cultivo? La respuesta que propone Alicia González Céspedes también lo es. "¿Cómo podemos aprovechar los restos de cultivos? Una manera muy sencilla es transformarlos en compost", explica desde la planta de compostaje de la Estación Experimental Cajamar 'Las Palmerillas'. "El compostaje consiste en un proceso biológico que, en presencia de microorganismos principalmente aerobios, transforma los restos vegetales en materia orgánica que podemos aprovechar como fertilizante para los cultivos".
Los pasos
Primero: triturar
El tamaño de partícula ideal se sitúa entre 3 y 10 centímetros, y no es un detalle estético. Por debajo, el material se compacta, expulsa el aire y la pila entra en anaerobiosis: aparecen olores, se pierde nitrógeno y el proceso se detiene. Por encima, la superficie de ataque disponible para los microorganismos es insuficiente y la degradación se alarga meses.
Segundo: controlar
La palabra clave de la definición es proceso, y un proceso se sigue con datos. "Uno de los parámetros más importantes a medir es la temperatura, junto a una buena aireación y una humedad en torno al 50 %", señala la investigadora. Ninguna de las tres funciona sola: la humedad alimenta la actividad microbiana, pero en exceso desplaza el oxígeno y genera lixiviados; la aireación lo reintroduce, pero enfría la pila; y la temperatura dice si la comunidad microbiana trabaja o se ha parado.
Tercero: medir
Y hay una variable que suele olvidarse: cuándo se mide. En 'Las Palmerillas' se trabaja con pilas escalonadas, dos montones separados por quince días, porque el proceso no es lineal. "El material se descompone muy rápidamente en los primeros 15 días", apunta González Céspedes. Ese arranque es el que hay que vigilar de cerca: es cuando la pila puede recalentarse, secarse o compactarse en cuestión de días.
El umbral de los 65 grados
Ahí está el criterio que separa un compost de un montón de restos apilados. "En las primeras fases del proceso hay que alcanzar una temperatura mayor a 65 grados centígrados; de esa manera podremos obtener un compost higienizado, sin malas hierbas, sin semillas o incluso patógenos", resume la investigadora.
Ese pico térmico es lo que evita que el agricultor devuelva a su propio suelo, junto con la enmienda, las semillas arvenses y los patógenos que retiró del invernadero. Un compost que nunca lo alcanza puede parecer terminado —oscuro, desmenuzable, sin olor— y estar sembrando el problema de la campaña siguiente. Después llegan el enfriamiento y la maduración, la fase en la que el material pierde fitotoxicidad: un compost inmaduro compite con la planta por el nitrógeno y puede frenar la germinación.
Qué dicen los ensayos de campo
La transferencia solo lo es cuando hay resultados medidos detrás. En 'Las Palmerillas' se han comparado tres manejos del suelo —trituración de restos con compost y labrado a 40 cm, incorporación por retranqueo a 15 cm, y control de enarenado convencional—. Los tratamientos con aporte orgánico mejoraron la estructura y la porosidad del suelo, redujeron la lixiviación de nitratos y elevaron la actividad microbiana. En pimiento la producción total resultó algo inferior, pero la de primera calidad se mantuvo igual: un matiz decisivo al decidir en finca.
El proyecto bioREFINA ensayó además compost funcional y biofertilizantes de microalgas en pepino de invierno, con rendimientos similares a los de la fertilización química y entrada en producción más temprana por el efecto bioestimulante.
Dos cautelas que conviene decir en voz alta
La primera afecta al origen del material. Un estudio de 'Las Palmerillas' a lo largo de tres ciclos de pepino detectó 13 ingredientes activos en el compost de partida, sobre todo fungicidas triazoles. Cuatro aparecieron en las hojas de las plantas cultivadas con él; en los frutos, ninguno. La conclusión es doble: el compost de origen convencional puede introducir residuos en explotaciones ecológicas y, a la vez, un análisis foliar mal interpretado puede llevar a conclusiones falsas sobre el incumplimiento de la norma ecológica.
La segunda son los lixiviados. Un solo gestor autorizado contabilizó en 2019 unos 7.000 m³/año procedentes de restos vegetales y 5.000 m³/año de frutos: efluentes cargados de nitrógeno amoniacal, potasio, fósforo y carbono orgánico que hoy son un pasivo ambiental y mañana pueden ser un biofertilizante. Es el objetivo del grupo operativo LIXAGRO, con Cajamar, Servicios Ambientales Las Chozas, la Universidad de Almería y Coexphal. Sus resultados de 2025 muestran que inocular las pilas con un consorcio de Pseudomonas spp. acelera la degradación y adelanta la maduración, con índices de germinación superiores al 150 % frente al 90-110 % de los controles.
El compostaje como primer eslabón
Conviene situar todo esto en la escala correcta. Andalucía genera unos 20 millones de toneladas de biomasa al año y reúne cerca de 6.000 industrias agroalimentarias. La lógica de la bioeconomía circular —recogida en la Directiva (UE) 2018/851 y en la Ley 7/2022— consiste en aplicar un sistema en cascada: extraer primero los compuestos de mayor valor (bioactivos, enzimas, biopolímeros) y destinar el resto a usos de menor valor unitario pero enorme volumen.
El compostaje ocupa la base de esa cascada. No es la aplicación más rentable por tonelada, pero es la que puede absorber el grueso del material, la que el agricultor ejecuta sin infraestructura industrial y la que devuelve al suelo la materia orgánica que el cultivo intensivo le extrae. Y es la más accesible: "una manera muy sencilla", en palabras de González Céspedes, de cerrar el ciclo en la propia finca.
Porque el principio de fondo es ese: no existe el residuo, existe el recurso mal gestionado. Y la gestión, en este caso, empieza por algo tan poco espectacular como una trituradora bien regulada y un termómetro clavado en la pila.

