09 April 2026
5 min
'Vademécum nutricional y saludable de frutas y hortalizas' (4): calabacín
Potasio, fibra y compuestos bioactivos: así se revaloriza una de las hortalizas más ligeras y multifuncionales

En Plataforma Tierra continuamos con la cuarta entrega de nuestra colección de fichas visuales dedicada a conocer cada cultivo desde una perspectiva holística: cómo se produce, qué aporta a nivel nutricional y cuál es su papel dentro de las tendencias actuales en alimentación, salud e innovación foodtech.
Tras analizar en entregas anteriores las singularidades del tomate, el pimiento y el pepino, damos ahora un paso más en este Vademécum nutricional y saludable de frutas y hortalizas para profundizar en una hortaliza tan cotidiana como versátil: el calabacín.

Origen, historia y variedades
El calabacín (Cucurbita pepo L.) es una hortaliza perteneciente a la familia Cucurbitaceae, orden Cucurbitales, cuya taxonomía completa lo sitúa dentro de la subespecie Cucurbita pepo L. subsp. pepo. El vocablo castellano "calabacín" procede del árabe qar'a, que designaba genéricamente a las calabazas, a través del diminutivo hispano-árabe. El origen geográfico del calabacín no está completamente esclarecido, aunque la investigación arqueobotánica apunta a México, con evidencias que se remontan a más de 7.000-8.750 años antes de Cristo. Existen también pruebas del consumo de cucurbitáceas afines por parte de los antiguos egipcios, griegos y romanos, aunque algunos autores atribuyen la difusión de estas especies en el Mediterráneo a los pueblos árabes durante la Edad Media. Fue tras el descubrimiento de América en 1492 cuando los españoles introdujeron el calabacín en Europa, donde se adaptó rápidamente a las condiciones climáticas mediterráneas. El tipo moderno de calabacín —con el fruto cilíndrico alargado que hoy conocemos— se desarrolló en el norte de Italia durante el siglo XIX, en las proximidades de Milán, y desde allí se extendió al resto del mundo (Cultifort, 2026).
La variabilidad morfológica del calabacín es notable, y las variedades existentes pueden clasificarse atendiendo a distintos criterios: color de la corteza del fruto, forma y ciclo productivo. En el mercado español y europeo se distinguen principalmente los siguientes grupos varietales: 1) Calabacín verde oscuro o negro (variedades Sofía, Samara, Black Beauty, Diamante). 2) Calabacín verde claro o gris (variedades Grison, Clarita, Opal). 3) Calabacín amarillo (variedades Goldbar, Gold Slice, Seneca, Lemondrop). 4) Calabacín redondo (variedades Geode, Floridor, Tondo di Nizza). 5) Calabacín híbrido o rayado.
Un cultivo estratégico para España
Según datos históricos de Faostat, la producción mundial de cucurbitáceas del género Cucurbita superaba los 13,5 millones de toneladas anuales ya a finales de la década de 1990, con una expansión de la superficie cultivada de aproximadamente un 20% en ese período. En el contexto español, el calabacín constituye un cultivo hortícola estratégico, especialmente concentrado en las comunidades de Andalucía —con Almería como provincia líder, aportando más del 50% de la exportación nacional— y la Región de Murcia. Según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), la superficie dedicada al cultivo de calabacín en España se sitúa actualmente en torno a las 9.000-10.000 hectáreas, con una producción orientada en gran medida a la exportación, ya que el calabacín representa entre el 4 y el 6% del total de las hortalizas exportadas por nuestro país (MAPA, 2007).
Perfil nutricional: mucho más que agua
Aunque a menudo infravalorado frente a otras hortalizas de mayor reconocimiento popular, la investigación científica acumulada en las últimas décadas ha puesto de relieve su notable potencial como alimento con interés funcional. Desde el punto de vista nutricional, el calabacín se caracteriza por un altísimo contenido en agua (aproximadamente el 97%), un aporte calórico muy reducido —en torno a 17 kcal por cada 100 gramos— y una composición en macronutrientes discreta: menos de 5 g de hidratos de carbono, menos de 1 g de proteína y menos de 0,2 g de grasa por cada 100 g de producto fresco (De Luis, 2021). Sin embargo, es precisamente en su fracción micronutricional —vitaminas, minerales y compuestos bioactivos— donde reside su verdadero valor preventivo.
Beneficios para la salud cardiovascular y digestiva
El elevado contenido en potasio del calabacín, combinado con su bajo aporte de sodio, le confiere un destacado efecto diurético con relevancia clínica en el manejo de la hipertensión arterial y la retención de líquidos. Investigaciones en el campo de la nutrición cardiovascular señalan que las dietas ricas en potasio y pobres en sodio reducen significativamente el riesgo de ictus y eventos coronarios.
En cuanto a la salud digestiva, el contenido en fibra del calabacín —aunque moderado— favorece el tránsito intestinal y protege la mucosa del colon frente a la acción irritante de las sales biliares y otros compuestos potencialmente dañinos.
Conclusión
El calabacín es un alimento de excepcional interés nutricional y funcional. Aunque su perfil antioxidante no destaca individualmente, la riqueza y diversidad de su contenido en vitaminas (A, B1, folatos, C, D, K), minerales (potasio, manganeso, hierro, magnesio) y compuestos bioactivos lo posicionan como un alimento multiactivo capaz de contribuir simultáneamente a la salud ósea, la función tiroidea, la inmunidad, la salud cardiovascular, la integridad de la mucosa intestinal y la salud visual. Su bajo aporte calórico y su alta tolerancia digestiva lo convierten, además, en un alimento especialmente indicado para poblaciones con requerimientos nutricionales específicos: personas con hipertensión, con riesgo de litiasis biliar, con alteraciones tiroideas autoinmunes o con necesidades incrementadas de micronutrientes. La investigación científica, tanto en modelos experimentales como en estudios observacionales, respalda su incorporación habitual en el marco de una dieta equilibrada y variada como elemento clave de la alimentación preventiva.
