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Diseñando la fruticultura de 2030 (II): sistemas de producción intensivos

Nuevos Cultivos
Producción Vegetal
La adopción de sistemas de producción más eficientes y sostenibles es clave para la trasformación que el sector frutícola español necesita para conseguir una mayor rentabilidad
Cultivo de níspero


La intensificación de las plantaciones frutales y la adopción de nuevos sistemas de formación, entre otras innovaciones, marcan la tendencia de la fruticultura que viene. 

En la fruticultura actual se están imponiendo las plantaciones intensivas y superintensivas, más productivas y rentables, en cultivos como manzano, peral, cerezo, melocotón y más recientemente olivo y almendro. 

En las plantaciones intensivas se aumenta el número de árboles por unidad de superficie y por tanto la densidad de la plantación o, dicho de otro modo, los marcos de plantación son más estrechos. La principal ventaja de estos sistemas es que las plantas ocupan el espacio disponible en menos tiempo, lo que adelanta su entrada en producción y permite alcanzar la plena cosecha en tiempo récord. La mayor cantidad de radiación interceptada, esto es la luz, explica los mayores rendimientos, la mejor eficiencia productiva de estos árboles más pequeños, y una mejora de la calidad de la fruta.

Por otro lado, este modelo permite reducir los costes de producción y especialmente los asociados a la mano de obra necesaria para la poda, la recolección o prácticas específicas de algunas especies frutales como el aclareo de flores o frutos. El menor tamaño de los árboles y su especial arquitectura, con menos madera estructural, facilitan el acceso de las personas o la maquinaria y contribuyen a mejorar la eficiencia en el uso de agua y fertilizantes y la eficacia y eficiencia de los tratamientos fitosanitarios.

Producimos antes, más cantidad, con mejor calidad y a un menor coste, aunque la inversión inicial es mayor

La intensificación de las plantaciones ha sido posible gracias a la utilización de patrones o portainjertos enanizantes, que reducen el tamaño de los árboles, y a la adopción de sistemas de formación y poda que confieren un menor volumen a la planta. La combinación de estos portainjertos con variedades con hábitos de crecimiento y fructificación determinados, que faciliten la mecanización de operaciones como la poda o la recolección, también es fundamental. 

Aunque el uso de reguladores del crecimiento está autorizado en algunas especies, no se considera una herramienta de futuro para mantener el tamaño de los árboles en estos sistemas, en línea con las cada vez mayores limitaciones de uso que tienen los productos químicos de síntesis.  

Los sistemas de formación se han adaptado progresivamente a estos modelos de producción intensivos, evolucionando a formas cada vez más simples y fáciles de ejecutar, que requieren de menos mano de obra o permiten la mecanización. Se observa una transición desde formas en volumen hacia formas planas. Concretamente, las formas planas en dos dimensiones (2D) o muro frutal se están imponiendo en las plantaciones intensivas, ya que son más productivas y los costes de mantenimiento son menores. Los árboles en la línea pierden su carácter individual y se configuran como un seto continuo

Como se ha comentado, la optimización del uso de la luz es fundamental y explica el incremento de la productividad de las formas en 2D frente a las formas en volumen, que presentan áreas interiores poco iluminadas y zonas menos expuestas que apenas reciben un 25-35% de la radiación disponible. 

El manzano fue la especie frutal que antes inició el proceso de intensificación gracias al uso extendido del portainjerto M-9. Este patrón, además de reducir el vigor hasta un 75% con respecto al pie franco, confiere una elevada eficiencia productiva a la variedad injertada. Ya en los años 50 comenzaron las primeras plantaciones semi-intensivas pasando de 600 a 1400 árboles por hectárea, pero fue a partir de los años 70 cuando se generalizó el uso del M-9, que permitía densidades que podían alcanzar hasta las 10000 plantas. 

El impacto de estas innovaciones tecnológicas (variedad, patrón, sistema de conducción, etc.) sobre la producción de manzana ha supuesto triplicar los rendimientos, pasando de las 22 t/ha en los años 50 a las 74 t/ha en la actualidad. 

Cultivo superintensivo de manzano

Otro frutal de pepita como el níspero también se puede adaptar muy bien al modelo de producción intensiva. En un trabajo realizado en la Estación Experimental Cajamar se confirma la viabilidad de una plantación de alta densidad de níspero japonés injertado sobre membrillero EM-C, a un marco de 2,5 x 1,7 m (2353 árboles por hectárea). 

Los principales indicadores sobre la rentabilidad revelaron que este modelo productivo es viable y más rentable, y que se recupera antes la inversión que con plantaciones tradicionales (400 plantas por hectárea), gracias a la rápida entrada en producción, la mayor productividad sostenida en el tiempo y los menores costes.  

Cultivo superintensivo de níspero (2.350 plantas por hectárea) en la Estación Experimental Cajamar

Más recientemente el olivar se ha convertido en el paradigma de este nuevo modelo de producción. Las plantaciones pueden alcanzar los 800 olivos por hectárea, sin son intensivas en regadío, y hasta 1200-2500 olivos por hectárea en plantaciones superintensivas en seto, frente a los 80-120 árboles por hectárea de las plantaciones tradicionales de secano. Los rendimientos pueden alcanzar las 8-12 t/ha y la recolección mecanizada reduce los costes de forma notable. 

La irrupción de estos sistemas de producción está imponiendo la necesidad de transformar el olivar tradicional hacia un cultivo más intensivo para seguir siendo competitivo cuando el terreno lo permita, o buscar fórmulas de diferenciación, puesta en valor y gestión que permitan su viabilidad en las zonas marginales

Cultivo de olivar en seto

En los últimos años el almendro ha dejado de ser un cultivo marginal y se maneja como un cultivo frutal debido a las buenas cotizaciones que ha tenido la almendra en la última década. Las plantaciones intensivas en regadío con una densidad entre 400-666 árboles por hectárea han proliferado por toda España. Las variedades de floración tardía han permitido cultivar almendros en zonas donde era habitual perder la mayoría de las cosechas por heladas. 

La productividad de estas plantaciones está alcanzando los 3000 y hasta 4000 kg/ha en condiciones óptimas. El cultivo en alta densidad en seto con patrones enanizantes, como el RootPack-20 de Agromillora, y entre 2500 y 2800 plantas por hectárea es más reciente, pero ya hay experiencias con producciones elevadas y estables en el tiempo. Aquí la poda y la recolección también son mecanizadas. 

Cultivo de almendro en seto (1.667 plantas por hectárea) en la Estación Experimental Cajamar

En los cítricos también se ha producido una evolución hacia plantaciones de mayor densidad. En naranjo las plantaciones tradicionales presentaban unos 200 árboles por hectárea y en las plantaciones actuales la densidad se ha duplicado. Sin embargo, para afrontar el futuro escenario de incremento sostenible de la productividad que busca la citricultura española, se está estudiando la viabilidad del cultivo superintensivo orientado a la recolección integral, con densidades entre 1.500 y 3.000 plantas por hectárea, patrones enanizantes (Forner-Alcaide 5, 517, CIVAC19) y formación en seto. Los primeros resultados indican que en plantaciones de naranjo (‘Lane Late’, ‘Valencia Late’, ‘Valencia Delta Seedless’) se alcanzaron rendimientos entre 16000 y 28000 kg/ha en tan solo 3-4 años. 

La Estación Experimental Cajamar va a colaborar con la red de ensayos que IFAPA coordina en Andalucía para estudiar la viabilidad del sistema superintensivo en cítricos

Cultivo intensivo de cítricos

El aguacate es otro ejemplo de cultivo que ha evolucionado hacia la intensificación buscando incrementar la productividad gracias al alza de las cotizaciones. Tradicionalmente, se realizaban plantaciones temporales de aguacate, esto es, plantaciones con una densidad inicial mayor, que se iba reduciendo a medida que las plantas se desarrollaban. En estas plantaciones no se practicaba poda para controlar el tamaño de los árboles, si no que estos se iban entresacando, hasta llegar a marcos de plantación de 10 x 10 o 12 x 12 m, entre 70 y 100 plantas por hectárea. Las plantaciones actuales son definitivas y las densidades se han incrementado hasta los 400 árboles por hectárea

Aquí es necesario realizar poda para controlar el tamaño del árbol y la tendencia es sustituir el sistema de formación en vaso abierto por formas más compactas a modo de muro frutal. En muchos países productores se están llevando a cabo plantaciones superintensivas con hasta 1600 plantas por hectárea. El éxito de estas radica en la posibilidad de controlar el crecimiento y maximizar la luz interceptada. 

Hasta ahora la respuesta es positiva los primeros años de la plantación, pero es difícil controlar el tamaño del árbol solo con reguladores de crecimiento y poda y a la larga se obtienen mejores resultados con las plantaciones intensivas. Para avanzar en esta línea es fundamental encontrar portainjertos enanizantes que contribuyan a regular el crecimiento. En nuestra Estación Experimental estamos evaluando el comportamiento de una plantación intensiva (800 plantas por hectárea) de ‘Hass’ sobre ‘Maoz’, un portainjerto enanizante tolerante a la salinidad. 

Cultivo intensivo de aguacate (800 plantas por hectárea) en la Estación Experimental Cajamar

Pero la rentabilidad ya no es la única meta, también debe priorizarse un uso eficiente de los recursos (agua, fertilizantes, pesticidas) y el respeto al medio ambiente (biodiversidad, paisaje). Estos sistemas intensivos deben garantizar la seguridad alimentaria y minimizar los impactos negativos que la actividad agrícola puede provocar en el medio ambiente. Es necesaria la transición del modelo de agricultura industrial, producto de la Revolución Verde, hacia la agricultura intensiva sostenible que promulga el Pacto Verde Europeo y concretamente la estrategia de la Granja a la Mesa. 


17 octubre 2021
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